martes, 24 de agosto de 2010
miércoles, 4 de agosto de 2010
distancias
Esta mañana me castigaron, de cara a la pared.
Abrí los brazos en cruz, instintivamente, con una sabiduría antigua. Me colocaron un libro de geografía en cada brazo.
Pesan los kilómetros.
viernes, 30 de julio de 2010
llave
La trapecista guarda, junto al trapecio, una caja
The box, unlike others, has a key.
En ella guarda sus tesoros más preciados: momentos, pequeñas cosas que la hicieron feliz.
Hace tiempo perdió la llave. Quedó enterrada bajo la arena de la pista, ese paisaje cotidiano que cambia cada tarde. Pensó que alguien la encontraría. Al fin y al cabo, Marcel la barre lentamente cada tarde en busca de objetos arrojados por padres negligentes y niños traviesos. Los caballos, las piruetas de los acróbatas, la capa del mago... la arena se mueve sinuosa, dibujando símbolos extraños. Pensó que aparecería.
Pasan las noches. La trapecista olvida la existencia de la llave, de la caja.
Cuando baja del trapecio, camina de puntillas.
sábado, 17 de julio de 2010
me senté y lloré
"El miedo será un terrible zorro: me morderá las entrañas, bajo mi túnica de buen comportamiento.
Canta, canario, en la tormenta, exhibe tu orgullo amarillo. Dame una razón para la valentía o truco para ser valiente. Pero nada tangible aparece para rescatar mi asediada cordura, y no consigo descifrar el idioma del eucalipto que azota mi tejado.
(...)
Luna, luna, álzate cielo arriba, recuérdame el consuelo, recuérdame que fui valiente alguna vez".
"En Grand Central Station me senté y lloré" de Elizabeth Smart, editorial Periférica.
lunes, 12 de julio de 2010
unexpected
viernes, 25 de junio de 2010
callarse
¿Cuántas palabras no dichas?
¿Cuántas enterradas por creerlas inoportunas?
¿Cuántas silenciadas, por egoístas?
¿Cuántas ahogadas para no herir?
¿Cuántas escondidas tras el miedo?
No puedo contarlas:
se desbordan.
Toca romper el silencio, o mudarse de casa.
miércoles, 16 de junio de 2010
el origen
Existe un momento cada día en el que mi cerebro alcanza su máximo rendimiento creativo. Ocurre justo al despertarme, cuando empiezan a disiparse las brumas del sueño.
Es un amanecer lento, el mío. Mi cuerpo tarda en reaccionar. Quiere acurrucarse bajo el edredón, como si temiera enfrentarse al mundo. Especialmente cuando llueve o hace frío.
Poco a poco consigo desperezarme y obligarme a la rutina: despertar a los niños con leves cosquillas, ayudarles a elegir su ropa, meterme en la ducha mientras se visten.
Y entonces llega el momento mágico, como si este no pensar automático fuera el caldo de cultivo ideal. Una idea se abre paso, seguida de otra y otra más. No las puedo controlar, mi voluntad aún está dormida. Salen a borbotones, y tengo que conformarme con intentar atraparlas para que no se escapen.
A veces, cuando sospecho que lo harán irremediablemente, las escribo con el dedo sobre el vaho que se forma en la mampara, con la esperanza de poder recordarlas más tarde.
No siempre lo consigo.

