domingo, 28 de agosto de 2011
miércoles, 18 de mayo de 2011
actos de fe
Nos engañaríamos si no nos mintiésemos, si no diéramos paseos con el mismo afán con el que un hombre da la vuelta al mundo, si no llegáramos a ver tras la gris muralla de la rutina los diáfanos templos que se yerguen en el mar y tuviéramos que reconocer que todo es simplemente tal y como parece. Qué pobre representación sería entonces nuestra vida sin esa suerte de imaginarios decorados que nos regala un paisaje, el amor, un libro, sin esa infinita piedad de saber que la vida esconde imperios de luz detrás de las sombras, como habita, agazapada bajo el canto triste, la profunda semilla de lo alegre. José Gutiérrez Román
domingo, 8 de mayo de 2011
...
“Y punto”. Así solía zanjar mi padre cualquier tipo de discusión. A partir de ese momento sabías que no podías añadir nada más. Habías tirado de la cuerda lo suficiente. Si seguías tensando, toda su furia estallaría en tu cara.
Punto y final. “El punto y final sólo se alcanza con la muerte”-decía mi abuela.
Treinta y cinco años, y sigo con mis dudas ortográficas. Sin saber cuándo dejar de tensar la cuerda.
La imagen corresponde a "Misterio", un poema visual de Pierre d. La, de su libro Hacia el interior.
miércoles, 20 de abril de 2011
ropa tendida
Llego a casa, cansanda. Tengo que vaciar la secadora para llenarla con la ropa de la lavadora, y empezar de nuevo. Me asalta un ligero mal humor. Llevo varios días con la intención de hacerlo y lo he ido postergando. De repente, con el balde entre las manos, me quedo inmóvil en medio de la cocina. Me vienen los recuerdos, me asalta una nostalgia infinita.

martes, 19 de abril de 2011
miércoles, 13 de abril de 2011
MALABARISTA

Es alentar, mimar, dejar que pase
martes, 16 de noviembre de 2010
mediodía
viernes, 29 de octubre de 2010
martes, 21 de septiembre de 2010
lunes de sol y amor
martes, 24 de agosto de 2010
mostrar
miércoles, 4 de agosto de 2010
distancias
Esta mañana me castigaron, de cara a la pared.
Abrí los brazos en cruz, instintivamente, con una sabiduría antigua. Me colocaron un libro de geografía en cada brazo.
Pesan los kilómetros.
viernes, 30 de julio de 2010
llave
La trapecista guarda, junto al trapecio, una caja
The box, unlike others, has a key.
En ella guarda sus tesoros más preciados: momentos, pequeñas cosas que la hicieron feliz.
Hace tiempo perdió la llave. Quedó enterrada bajo la arena de la pista, ese paisaje cotidiano que cambia cada tarde. Pensó que alguien la encontraría. Al fin y al cabo, Marcel la barre lentamente cada tarde en busca de objetos arrojados por padres negligentes y niños traviesos. Los caballos, las piruetas de los acróbatas, la capa del mago... la arena se mueve sinuosa, dibujando símbolos extraños. Pensó que aparecería.
Pasan las noches. La trapecista olvida la existencia de la llave, de la caja.
Cuando baja del trapecio, camina de puntillas.
sábado, 17 de julio de 2010
me senté y lloré
"El miedo será un terrible zorro: me morderá las entrañas, bajo mi túnica de buen comportamiento.
Canta, canario, en la tormenta, exhibe tu orgullo amarillo. Dame una razón para la valentía o truco para ser valiente. Pero nada tangible aparece para rescatar mi asediada cordura, y no consigo descifrar el idioma del eucalipto que azota mi tejado.
(...)
Luna, luna, álzate cielo arriba, recuérdame el consuelo, recuérdame que fui valiente alguna vez".
"En Grand Central Station me senté y lloré" de Elizabeth Smart, editorial Periférica.
lunes, 12 de julio de 2010
unexpected
viernes, 25 de junio de 2010
callarse
¿Cuántas palabras no dichas?
¿Cuántas enterradas por creerlas inoportunas?
¿Cuántas silenciadas, por egoístas?
¿Cuántas ahogadas para no herir?
¿Cuántas escondidas tras el miedo?
No puedo contarlas:
se desbordan.
Toca romper el silencio, o mudarse de casa.
miércoles, 16 de junio de 2010
el origen
Existe un momento cada día en el que mi cerebro alcanza su máximo rendimiento creativo. Ocurre justo al despertarme, cuando empiezan a disiparse las brumas del sueño.
Es un amanecer lento, el mío. Mi cuerpo tarda en reaccionar. Quiere acurrucarse bajo el edredón, como si temiera enfrentarse al mundo. Especialmente cuando llueve o hace frío.
Poco a poco consigo desperezarme y obligarme a la rutina: despertar a los niños con leves cosquillas, ayudarles a elegir su ropa, meterme en la ducha mientras se visten.
Y entonces llega el momento mágico, como si este no pensar automático fuera el caldo de cultivo ideal. Una idea se abre paso, seguida de otra y otra más. No las puedo controlar, mi voluntad aún está dormida. Salen a borbotones, y tengo que conformarme con intentar atraparlas para que no se escapen.
A veces, cuando sospecho que lo harán irremediablemente, las escribo con el dedo sobre el vaho que se forma en la mampara, con la esperanza de poder recordarlas más tarde.
No siempre lo consigo.
lunes, 14 de junio de 2010
en mi circo
Bajo la carpa donde me sueño, donde cuelgo mi trapecio a una altura imposible, no hay un número de circo de pulgas.
En su lugar, la domadora intenta amaestrar nostalgias imposibles.
miércoles, 9 de junio de 2010
martes, 8 de junio de 2010
domingo, 6 de junio de 2010
vestirse de domingo
Hoy había que vestirse de domingo.
Eso había dicho mi abuela cuando nos fue llamando, uno a uno, casa por casa, durante toda la semana. "El domingo es la fiesta. La niña quiere vestirse de asturiana, le hace mucha ilusión. Vendrán todos."
Hay que conocer a mi abuela, saber leer lo que quiere decir detrás de lo que dice. En realidad, nadie quiere ir, pero tiene razón: iremos todos. A la niña le hace tanta ilusión vestirse de asturiana como copiar cien veces las tablas de multiplicar. Y lo que ella llama "la fiesta" ...
Lo que ella llama la fiesta ocurre en realidad tres veces al año. Coincide con las tres misas importantes que se ofician en la vieja iglesia del pueblo.
La primera es a finales de septiembre o principios de octubre. Nunca se sabe la fecha exacta, ni nadie ha sabido explicarme por qué varía de un año a otro. Antes era La Fiesta, con mayúsculas. Cuando yo era pequeña, aunque ya empezaba a estar de capa caída, duraba cuatro o cinco días. Había orquesta todas las noches -aunque nadie bailaba-, juegos para los niños, campeonato de tute y parchís, y el domingo era la misa del Ramu: la presentación en sociedad de los jóvenes del pueblo, con la que soñaban durante meses. Yo escuchaba las conversaciones de las chicas a escondidas, mi amigo Chechu las de los chicos, y luego nos contábamos y nos reíamos de lo tontos que nos parecían todos. También a veces nos mirábamos azorados, imaginándonos varios años después, cuando nos tocara a nosotros. Nunca llegó a ocurrir. La fiesta dejó de celebrarse cuando cumplimos los trece.
La segunda es en diciembre, coincidiendo con la patrona del pueblo, Santa Eulalia. Esta misa es famosa por el frío que se pasa en la iglesia y porque el cura siempre se empeña en contar con pelos y señales el martirio de la santa. Dura una eternidad. Cuando era muy pequeña, me acurrucaba en el regazo de mi abuela y jugaba a mirar las velas entrecerrando los ojos intentando alargar el efecto de las llamas. Hasta que ella me decía, en un susurro: "deja ya de hacer cosas raras con los ojos". Entonces contaba los pliegues de las túnicas de los santos, o los flecos de los trajes de romanos de los murales, o las heridas del Cristo Crucificado. Según fui creciendo empezaron a interesarme las sangrientas historias de los padecimientos de la niña santa, aunque siempre me pareció un poco tonta por dejarse hacer todas aquellas cosas. Cuando tuve edad para decidir, empecé a quedarme fuera de la iglesia, con mis tíos, tomando el vermut. Aún había más miembros de la familia dentro que fuera. Ahora dentro sólo queda mi abuela. No por fe, sino por tradición.
La tercera fiesta del año coincide con las primeras comuniones. Apenas quedan niños en el pueblo que la hagan. Pero se ha corrido la voz de que con este cura con ir un año a catequesis es suficiente, y eso hace que siempre vengan niños de fuera. Un entorno bonito y librarse dos años de llevar al niño a la escuela dominical bien merecen recorrer los 15 kms hasta allí.
Hoy era esa fiesta, y había que vestirse de domingo. Ir todos juntos, hijos, nietos y biznietos a acompañarla en la procesión alrededor de la iglesia al final de la misa. A esperarla fuera para que ella pueda decir, orgullosa: "Esta es mi nieta mayor, mira qué hijos más guapos tiene". "Y esa es mi nieta, la arquitecta, que se casa este verano. Tengo otro arquitecto, pero vive en Suiza y no puede venir. Porque no puede venir, que si no, vendría." Y así nos va repasando a todos, para rematar diciendo su frase preferida. "Somos catorce a comer. Catorce. Y todavía cocino yo."
A nosotros nos revienta. Nos molesta vestirnos de domingo. Nos irrita ese desfile en el que te muestra con orgullo, donde las señoras todavía te pellizcan la mejilla como si fueras una niña y te preguntan "¿y tú de quién eres?" y te estampan besos sonoros y pegajosos. Pasado un rato mi hija me mira suplicante y me susurra bajito, para que no la oiga nadie: "¿por qué siempre soy la única niña que se viste de asturiana?" Yo le explico como puedo que es por la bisabuela. Que todas las niñas lo hemos hecho; que antes había otras niñas que también lo hacían, cuando había niñas en el pueblo. Le muestro como ejemplo de "disfraces" a las niñas de comunión con sus vestidos blancos; a las señoras del coro, con sus túnicas negras, al gaitero. Nos miro a nosotros vestidos de domingo, que es como ir un poco disfrazados. Pero no puedo decirle mucho más.
Porque cómo le explico que, simplemente, lo hacemos. Tres veces al año nos dejamos arrastrar. Lo hacemos por mi abuela. Porque queremos llegar a los noventa años como ella, con su frescura, con su ternura, con sus ganas de vivir. Lo hacemos por las historias que nos cuenta, por la fabada y el arroz con leche deliciosos que suceden a la misa los días de fiesta. Porque nos junta, a los catorce, o a los dieciséis y nos hace sentir que tenemos una familia, un lugar al que pertenecemos. Porque nos pone a saltar a la cuerda a todos: hijos, nietos y biznietos, y ella todavía lo intenta aunque hace unos años (pocos) que ya no nos gana.
Lo hacemos porque a ella le hace feliz.
Y porque siempre tenemos miedo de que esta fiesta sea la última.





